lunes, noviembre 23, 2009

Bajo tu cama

Bajo tu cama sólo cabe un asesino con la estatura de un funcionario de correos. O eso o ha pasado quince años abrochándose al pecho las piernas, en una hábil maniobra para que tu madre no las barriera cada vez que pasaba por allí el cepillo, y en ese caso si sale fuera podrás descubrirlo rápidamente por el crujido de sus rodillas en cremallera de vuelta al par. En todo caso, nada que no sepa esquivar una atleta como tú.
Bajo tu cama sólo cabe un dragón delgadito. Pirófilo, como todos los dragones, pero incapaz de incendiar la habitación con el escaso fuelle que le cabe en esos dos metros cuadrados. Un dragón travieso, que aprendió a concentrar el viento de sus mofletes en calima sobre los dominios de la almohada y a hacer allí, como ataque más amenazante, que se te calentara la cabeza y se te contagiara el sur de la cintura. Nada más, que bastante tenía con hacer dieta para seguir allí, porque si no era imposible compartir espacio con la caja de ropa de invierno en verano de verano en invierno con agujero para la naftalina que apareció allí en el noventa y algo, cuando tu madre decidió que no podías convertir el resto de la casa en tu armario.
Bajo tu cama sólo cabe una especie de vampiro poco común, que en vez de morderte el sueño prefería alimentarse por las noches de las pelusas y el polvo y las cartas que perdiste y también aquel paquete de cigarrillos que una vez, casi recién estrenado, lanzaste allí con el pie y nunca volviste a encontrar. Que jugaba a hacerse heridas con los tiburones rojos que nadaban en la pecera bajo-somiérica y que jamás hubieran podido morderte aunque te hubieras asomado, porque las pelusas son de bajo contenido en calcio y terminaron por ser tiburones desdentados.
Por eso me río cuando me cuentas que a los siete te volviste insomne y que pasabas las noches gastando las pilas de una linterna de plástico que te habían regalado para las acampadas. Porque tenías miedo del monstruo que habitaba debajo, y que no creo que pasase de un enano delgado que echaba cuentos por la boca y comía pelusas en una bañera para tiburones. Además me río porque de todas maneras, sea lo que sea, hoy lo tenemos que estar matando con los saltos que estamos pegando. Tú encima de mí, yo encima del colchón, los dos encima de la cama follando y el monstruo tragándose los golpes debajo.


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lunes, noviembre 16, 2009

De vuelta inversa

Tuvo que ser tu madre la de la cuarta, porque el primerizo era el médico y después de que las tres primeras hubieran caído fuera de sus manuales, las únicas lágrimas que se desparramaban por el paritorio seguían siendo las que salaban su bata umbilical, así que no le dejaban ver siquiera si te estaba dando la torta en el culo o estaba golpeando la camilla de rojo con sus dedos. Y ni aún así. Ni con la ostia de tu madre, ni con el carrusel de vacunas de los dos años ni con el siete de los siete en la rodilla que había perdido de vista la bicicleta, ni en los patines de los ocho a los dientes, ni en las gafas partidas por el suelo de los nueve, ni en las gafas volando por los cielos de los diez. Ni tan siquiera cuando a los once aprendiste a ganar dinero y a romperte las medias con ello.
No llorabas, porque te daba igual. Sangrabas, claro que sangrabas, y en la garganta de las monjas el santoral entero, y en tu madre el santoral entero, pero no precisamente en la garganta. Sangrabas, y se te rompían los músculos, y los huesos, y el alma de los enfermeros, te lo decían esas fotografías negras que la luz fracturaba de blanco. Pero te daba lo mismo. Cuanto mayor el golpe, menor el dolor. Como una piedra que, contra la superficie del lago, se hunde casi sin hacer ruido si la has lanzado demasiado fuerte; como el grito de un sordomudo.
Así que tenías el pijama verde en propiedad, y venías de turismo por todas las plantas. Cuando nos cruzamos, ni siquiera noté que te había rozado. La puta de mi madre me había enseñado bien a no hacerlo. Lo mancharás, y luego no podrás limpiarlo, y luego los porqués y los dioses y la desgracia familiar. Por eso no tendría que haberte rozado al entrar y pensaba que no lo había hecho, pero tus ojos en grito se me vinieron encima en aquel ascensor que me llevaba a cardio y supe que sí, y no pude evitar, como los niños que vuelven a tocarse un moratón, grapar de nuevo el dorso de mi mano, en carne viva, al nacimiento de tu cuello. Suavemente, sin apretar. Ya sospechaba en tus pupilas que los dos habíamos nacido en inverso. Y nos habíamos criado en estados carenciales. Lo que no imaginaba era que los gritos que desbocabas en mis yemas me los devolverías por dentro antes incluso de que se abrieran las puertas.
Antes de decirme, al salir, que no te buscara en días de viento, que del dolor no podías salir a la calle.


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lunes, noviembre 09, 2009

Asesinos a sueldo (la tabla del siete)

Lo malo que tienen los asesinos a sueldo es, precisamente, el dinero. Y que lo más común en las historias que los tienen como secundarios es que los protagonistas, a uno y otro lado de la cuerda floja de diez pasos, tengan las mismas ganas de matar a su oponente. Así que se disputan al asesino como en una partida de ping-pong, o como en una subasta, como quien llega a una subasta con una morena cuyos labios dan nombre a los semáforos a la que ha conocido casualmente una hora antes de pujar y entonces necesita pujar más alto, morena en mano, para que ella mantenga esa media sonrisa de sexo salvaje esa sonrisa que sólo se mantiene con diez mil por la mesa de colmillos de rinoceronte o veinte mil por el conjunto que marylin llevaba* (…) lo mismo con los asesinos a sueldo pero en vez de los labios rojos jugándose la posibilidad, entre otras, de unirse a la vuelta de un mal disparo al club de la alimentación nasogástrica o a la vuelta de uno certero al de los que fueron laringectomizados justo un instante antes de fallecer.
Lo malo de los escritores en problemas es, precisamente, el dinero, en su caso multiplicado por dos y a la vez por cero. Como no existen escritores a sueldo (porque un periodista es a un escritor lo que un fotógrafo a un cineasta), las tumbas están llenas de letras, por dos: las que dejaron en el tintero – o en el usb – y las que el banco tuvo que escribir de nuevo a nombre del mejor amigo no escritor del muerto. Porque nunca pueden pagarse los escritores en problemas, que no tienen sueldo, un asesino que cobre aquello de lo que carecen, y como mucho consiguen convencer a algún poetastro cercano para que les haga el trabajo, o lo intente, con tan mala suerte de que la tumba, como las de los faraones, también acoge a los sirvientes. Teniendo en cuenta esto, y sabiendo lo adicta que eres a las barras de los bares de los hoteles preferidos por las casas de subastas, no entiendo qué placer encuentras aún, a estas alturas, en seguir matándome a fuego lento. Contrata a alguien que termine el trabajo, y no me sigas hirviendo por dentro como ella al presidente (…) *la mañana que mataron a Kennedy.


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sábado, octubre 10, 2009

Todos a jugar con la poesía

Segunda semana del Octubre Literario que organiza la Asociación de Antiguos Alumnos de la USAL, y llega la parte más divertida. El martes y el miércoles, taller de poesía con Elia Maqueda. Cuando la poesía parte de cámaras de fotos antiguas, despertadores demodé, bailarinas y cajas de música, no puede traer más que agujetas en la comisura de los labios, así que corred a apuntaros, que el plazo está a punto de cerrarse (http://asus.usal.es/).


Además, para los que quieran "examen práctico", Jam Session en la noche del martes en El Savor a eso de las 22.30. Para los románticos, los neorrománticos, los novísimos, los de la experiencia, los figurativos y los que sólo quieran figurar. Todo el mundo tendrá su minuto de gloria. El único requisito, llegar un poquito antes del comienzo y apuntarse.


Hagan cola, señores y señoritas...











Escrito por el_hombre_que a las 21:00 1 inquietos